5° Cuadros de costumbres (para dramatizaciones)

 


  LOS VELORIOS  (MIGUEL MÁRMOL)

Si por algo no quisiera yo morirme es por esa última noche que pasa uno en su casa en calidad de difunto.  Por eso: porque es la oportunidad en que los amigos nos tributan los postreros testimonios de aprecio, los cuales testiminios, sobre ser muy costosos, no creo yo que hagan maldita la falta para los efectos del viaje eterno, ni que vaya a tomar en cuenta el Juez Supremo a la hora de la liquidación, que es en lo que debe poner mayor interés todo difunto que se estime.

A mí me gustaría marcharme al otro barrio sin disfrutar de esa juerga póstuma que llamamos velorio, para quitarle a la familia el derecho a exclamar: ¡Caramba! ¡Hasta después de muerto nos fue oneroso! La verdad, entre las malas costumbres nacionales, esa de los velorios no cede la supremacía a ninguna. Podría equipararse a la de pedir fiado, concediendo mucho a esta última.

Es lo que dije a un observador muy avispado:  “El amo del muerto es el que llora”. Los demás son bebedores de café.  Y de Hennessy y de Ceiba, agregaría yo.

Porque estos elementos entran en la casa mortuoria juntamente con los arreos de la agencia funeraria. Desde que el candidato ha muerto recibe la extremaunción, los deudos que piensan sobrevivirle tienen que allegar licores y comestibles en abundancia, para hacer frente a la condolencia de los relacionados. Llegada la noche del velorio, empieza para los amos del muerto la tarea de recibir innumerables abrazos y referir a cada uno de los visitantes los pormenores de la catástrofe, a saber: a qué hora murió el sujeto, serenidad en tan triste emergencia, últimas palabras..

Son detalles que inquiere con el mayor interés todo el que llega a ponerse al habla con los doloridos, y que se oyen poniendo cara de funeral, e intercalando exclamaciones más o menos encomiásticas para el difunto.

-¡Pobre fulano!  -Dice uno que le trató íntimamente-. ¡Era lo mejor de la familia!

-¡Lo mejor! –corroboran todos los demás sollozando-

-Era excelente como padre, como hijo, como esposo, como tío y como sobrino.

-¡Excelente!

-¡Ay, amigo!  -ingiere un señor de aspecto grave que ha estado reflexionando largo rato-. ¡Ay, amigo! Todos tenemos que andar ese camino.

Los circunstantes guardan silencio, y admiran la penetración del último que ha hecho uso de la palabra.

Siempre hay en los velorios alguno de estos filósofos resignados, que no lloran, ni se conmueven, ni suspiran, pero que llevan a las casas mortuorias los consuelos de su filosofía estóica, y nunca tienen cigarros.

Las primeras horas de la noche se invierten en enaltecer las virtudes del finado, y disertar sobre la inestabilidad de las cosas humanas. Pero luego comienzan a perder terreno las disquiciones lúgubres, se hacen lugar los chascarrillos, las reminiscencias de cosas alegres, y el cuerpo va entrando en ganas de jolgorio. Máxime si ha circulado el Hennessy o cualquier otro producto de alambique.

A todas estas, el elemento femenino ha ocupado las piezas interiores. Allí se habla de la saya de la señora B; de lo fea que se ha puesto la señora A; de los amores de fulanita con menganito, y de todo lo que no tenga asomo de duelo.

Las niñas se han colocado de manera que se les pueda ver bien desde el campo contrario (el de los hombres), y que puedan ellas ver lo que les interesa. Las que puedan llorar sin descomponerse, obsequian al difunto con unas cuantas lágrimas; pero las que tienen sus razones para no gastar sensibilidad acuosa se arreglan como pueden para dar pruebas de dolor auténtico.

-No llores, Paulita, que te destiñes  –dice una mamá previsora a su tierno renuevo.

La aludida, que conoce toda la importancia de la observación materna, se limita a suspirar con frecuencia, y cumple sin menoscabo de sus encantos personales.

-A cenar, a cenar –dice uno de sus allegados, y recorre toda la casa, repitiendo la frase mágica.

Pero en esto de la cena hay que hacer distingos. Si la cosa no merece los honores del mantel, los doloridos se encargan de llevar a cada prójimo su taza de lo que sea, con un aditamento masticable que el favorecido pueda despachar sin moverse de su asiento.

Suele suceder que lo que se pone en circulación es un cacao claro, con bizcochos de poca trascendencia, y entonces es casi seguro que el muerto amanece solo. Tonto será el que vaya a pasar una noche despabilado con semejante sutileza en el estómago.

Pero cuando la cena se verifica en mesa general, es otra cosa.

Allí están los novios que se dieron cita para el velorio; el íntimo de la casa, que consume comestibles con la más honda pena; y no faltan graciosos que amenicen el acto con sus chistes.

En oposición a éstos, hay otros comensales de semblante compungido, que sufren y toman chocolate silenciosamente; pero son tan pocos, que prevalece la alegría, y transcurren las horas en medio de la armonía y contento general, como dicen los revisteros; en tanto que el anfitrión esté en la sala, tendido largo a largo entre cuatro candelabros de “La Equitativa” y sin decir esta boca es mía.

Si por algo no quisiera yo morirme es por eso del velorio. 

Fin 


QUE LE EMPRESTE (NICANOR BOLET PERAZA) 

-¡Tun, tun, tun! 

-¿Quién es? 

-Gente de paz 

-¡Juana… Juana… Juana! 

-Señora,  ya voy. 

-Pues corra usted, mujer, que no parece sino que se ha metido algodones en las orejas. ¿No oye que están tumbando la puerta? Vaya usted a abrir. 

-Señora, lo que es oír, yo oigo como oleado; pero venga para que vea. El niño me ha salpicado toda el planchado de ayer, ha levantado la clueca y sacado todos los huevos del nidal; ahora está haciendo serrucho con los cuchillos… 

-Abra usted, Juana, y deje en paz al niño. 

-Ah, ¿eres tú, muchacha? 

-Sí, señora, para servirla. Aquí me manda la Sra. Olegaria para que le diga que con mucha salud para usted y la familia toda, le haga el favor de emprestarle el molinillo y una docenita de tazas, para esta noche que va un señor forastero a tomar el chocolate y a ensayar unas charadas y que tenga la bondad de emprestarle, para devolvérselas, dos libras. 

-¿Esterlinas? ¡Ay, hija!  lo que es eso… 

-No, señora; de chocolate. 

-Vaya, muchacha, que para sustos no gana una. 

Ve, hija, con Juana que te dé lo que pides. 

Ya sabes, Juana; del chocolate de prestar. 

-¡Tun, tun, tun! 

-¡Juana, ahí tocan! 

-Dios sea en esta casa. 

-Amén. ¡Hola! ¿Qué vientos le echan por aquí, señora doña Marciala? Se vende usted más caro que la carne de puerco; y no lo digo por comparar. 

-No me hables de carestías, hija, que ya no sabe una cómo hacerse para no pedir limosna. Figúrate que hoy son los días de Consolacioncita, que siempre los hemos celebrado con arroz y gallo muerto. Y hoy, ¿qué quieres hija? Con el presupuesto a media asta, como la acaba de poner el Gobierno, mi pobre marido echa los bofes, y nada que es un contento.  Al fin del mes le tiran una piltrafa. Niña, que los empleados están ahora que, imagínate. Todo lo que tendremos será bull y sangüiches. 

-Se lo agradezco, pero no podremos ir.  Este maldito orzuelo… 

-Es que me hace falta una ponchera, hija. La mía, tú la conociste; aquella de cristal con doraditos, tan linda, la presté para la fiesta del grado de mi sobrino el ingeniero y hasta el sol de hoy.  Mira, me vas a prestar también la guitarra de tu niña, porque tenemos una conspiración para hacer cantar la canción del Pirata a Don Rudecindo. Es de lo más divertido, niña. Suponte que con la nueva plancha que le ha puesto el dentista, todas las eses le salen como efes. Y no digas que vengo aquí con carreta a mudarte, pero la verdad es que he zanqueado por todas boticas y no he podido encontrar para Consolacioncita hacerse los ricitos, un fulano frasco de bandolina, de esa que tus niñas usan. ¡Si aquí no venden sino lo que botan en París! Me lo ha dicho una amiga que viene de allá. Con que, corazón, la bandolinita no te la perdono. Tú sabes lo que son las muchachas, de presumidas. En mi tiempo yo era lo mismo. Con los trajines de la pobreza, todo se le acaba a una, hasta los pies. Me vas a dar una tirita de adhesivo; que estoy que no puedo andar. Y ahora que digo adhesivo, me acuerdo que no tengo gancho para abotonar las botas. ¿Me prestarás el tuyo, verdad? 

-Eso y lo demás que necesite usted, doña Marciala. 

-Gracias, mujer. ¡Cuánto siento lo del orzuelo! Mira, chica, aunque tu marido sea médico, yo siendo tú me haría un remedio insigne. Te pasas por el ojo el rabo del gato tres veces al día, una por Jesús, otra por María y otra por José; te aseguro que el fastidio del ojo se te quita como con la mano. Háztelo y te acordarás de mí. 

-Agradezco. Yo le mandaré todo con Juana ahora mismo. -Pues no faltaba más. Dame acá la ponchera. La envolvemos en unos periódicos, y debajo del pañolón me llevo el contrabando. Mi marido vendrá por la guitarra cuando salga de la oficina. Abur, querida, a las niñas un beso y a tu marido, que no crea que nos hemos olvidado de su cuentecita de la asistencia que me hizo cuando lo del zaratán. 

-¡Tun,tun,tun! 

-Juana… La puerta… 

-Si a todas manos se ha de abrir, no va a quedar títere en esta casa. Es Rufiana, la criadita de enfrente. 

-¿Qué se te ofrece, criatura? -La niña Begonia, que cómo sigue usted del panadizo del ojo, y que como ella tiene que ir hoy  a sacarse unos retratos en casa del fotógrafo, le haga el favor de emprestarle el corsé que le trajeron a usted de París de Francia, y su abanico aquel con toreros que se sacó en la rifa de los huérfanos. 

-¡Tun,tun,tun! -Juana, esa maldición de puerta… ¡Juana!…  Vaya usted al despacho de mi marido, saque aquel cartón colorado que dice: "EN ESTA CASA HAY VIRUELA" y cuélguelo del lado afuera de la puerta. 

Fin


EL PETARDISTA  (FRANCISCO DE SALES PÉREZ)

Vamos a pasar un rato a costa de este ciudadano. ¿No pasa él su vida entera a costa de los demás? Pero es preciso hacerlo con precaución, porque el petardista muerde a quien le pasa cerca.

No voy a mortificar al padre de familia arruinado, ni al joven desvalido que necesitan el amparo de sus amigos; para ellos tengo yo la mitad de mi pan y todo mi corazón.

El petardista es natural de Caracas; aquí nace, aquí vive, muere en el hospital. Si nace en otro pueblo, por una equivocación de su madre, busca la capital en cuanto tiene alas; su propio instinto le dice que sólo en esta atmósfera puede existir. De aquí se deduce que el petardista nace petardista; su manera de vivir no es una profesión estudiada, sino una vocación a que obedece por secreto impulso. El petardista nace pobre y no enriquece jamás, porque, como buen cristiano, sólo "pide lo necesario para el día, a fin de quedar necesitado a pedir lo mismo mañana". Si heredara, si ganara en el juego una suma considerable, la derrocharía en una semana. Él no podría acostumbrarse a tener con qué comer dos días seguidos. Si se acostara sabiendo que va a amanecer con el desayuno en el bolsillo, no podría dormir; tanta seguridad lo desvelaría. El petardista duerme a pierna suelta cuando exclama al acostarse: ¿En qué faltriquera estará el almuerzo de mañana?

Él tiene su casa, como todo ser viviente, pero nadie la conoce: su verdadera casa es la calle, donde se le puede encontrar a todas horas, aunque sería mejor no encontrarle a ninguna. Si se halla en alguna casa, debe ser de juego.

Él tiene sus puntos de ojeo, como los cazadores, donde se sitúa según la hora. Regularmente amanece a la puerta de un café, con el cigarro en la boca, para inspirar confianza a los parroquianos. ¿Quién que lo vea fumando puede pensar que está en ayunas? ¡Ay del que penetre!

Meserón, que tiene talento para calcular lo que le conviene, transige con él cuando le mira a las puertas del "Ávila".

-Pepe -dice-, ¿por qué no entras? ¿Has tomado café?

-No, querido, es muy temprano -le contesta-. El petardista nunca ha tomado nada.

-Garçon -grita Meserón afrancesando al mozo-, sírvele a Pepe un café confortable; apura, pronto, que tiene que irse.

Meserón sabe por experiencia que aquel hombre en la puerta de su restaurante le ahuyenta cien parroquianos, que lo arruinaría en una semana, y se liberta de su presencia a costa de una taza de café.

A mediodía pone su ojeo cerca del palacio de Gobierno. ¡Qué peligroso es un petardista, entre once y doce de la mañana situado en ese punto! El mismo Presidente de la Unión no está libre de su ataque directo. Su actitud revela la disposición resuelta de su ánimo. Oculta la mano izquierda en el bolsillo, como para palpar constantemente su miseria. Blande el bastón con la diestra de un modo casi amenazante.

La mirada inquieta domina las avenidas a una milla de distancia. El hambre se expresa en sus facciones con la severidad de la ira. Al divisar a un forastero, exclama como el corsario: "Buena presa". Y se dispone al ataque con una arenga adecuada y un apretón de manos.

-General, ¿cuándo ha llegado usted? (el forastero debe ser General), ¿y cómo ha quedado el Estado Apure?   Ya sabemos que salió usted diputado por una mayoría lujosísima.

-¿Yo? -dice el General abriendo un palmo de boca-. Sin duda habría salido, a no ser las picardías...

-¡Ah!, perdone usted-le interrumpe el petardista-; ¡eso es, eso es!, si aquí estamos indignados. ¡Qué pillos, contrariar así la voluntad del pueblo!  Reclamaremos al Congreso. Asistiré a las barras. Cuente conmigo.

Siguiendo el diálogo, resulta que el General no es de Apure, sino de Barcelona, lo cual no le saca del apuro en que está de pagar una libra por el saludo del petardista.

El petardista es tertuliante diario de las cantinas. ¡Qué buen marchante! Nadie se refresca más que él; y, ¡cosa rara!, se refresca con lo que irrita a los demás. Él toma con todo el que tome. ¿Quién será tan descortés para no brindarle? Y él, ¿cómo se atreverá a desairar a nadie? Su educación no se lo permite. El hábito de halagar le ha dado una perspicacia especial para conocer lo que puede agradar al que piensa morder.  El hace como el murciélago, que adormece con las alas antes de clavar el diente.

El petardista no se mezcla en política; no precisamente porque no quiere, sino porque ningún partido lo emplea. De ahí viene que no tenga opinión, lo cual le presenta la ventaja de estar identificado con todo el mundo. Con el liberal, es liberal, y le cuenta que debe su ruina a los oligarcas; y con éstos, es oligarca, y les refiere cómo le han perseguido los liberales. ¡En tanto que él es perseguidor eterno de los partidos!

En las noches de ópera se sitúa cerca de la entrada del teatro. Cualquiera lo tomaría por un agente de policía, destinado a tomar nota de los que van entrando. El petardista no tiene papeleta, ni la tuvo nunca, ni la comprará jamás; pero él entra primero que los abonados. A un amigo le dice que se le olvidó el portamonedas y que... Pero el otro le dice que viene tasado. A otro le da la enhorabuena por la ganancia que hizo en el juego... Pero resulta que viene tronado y le desaira bruscamente. Al tercero, le promete una noticia que le importa mucho, pero que... le cuesta la entrada. Este quiere saberla, pero el petardista lo emplaza para el parterre. En la duda de qué será, qué no será, sacrifica los doce reales y... adentro. Después resulta que la noticia es vieja.  Otras veces suplica que le presten una papeleta para entrar un instante a hablar con un médico; y como ha elegido bien al que ha de burlar, recibe la papeleta y lo deja esperando. Rompe la música y entra la desesperación de oír el canto que va a comenzar, y entra la duda de que vuelva Pepe, y, para salir de tanta inquietud, se compra otra papeleta. Cuántas escenas al encontrarse adentro. -Pero, en fin, ya que dudaste de mí... veremos la ópera juntos-. Y por si le queda algún rencor le hace pagar también la cena en El Gato Negro al terminar la función.

Tal es la vida y milagros de este ser nacido para vivir de los demás, que divierte a quien le estudia, irrita al que le sufre y fatiga a mis lectores.    

Fin


LAS NOTICIAS  (FRANCISCO DE SALES PÉREZ)

Si se acaba el desorden, me voy, decía un calavera, no sé dónde ni cuándo, pero aseguro que fue en Venezuela y en este siglo.– Yo a mi vez lo parodio, diciendo: Si se acaban las noticias, me voy; en cuanto al desorden no abrigo ningún temor de que se acabe.

Las noticias pueden acabarse, no precisamente porque vengan tiempos en que no suceda algo, sino porque vamos a llegar a no creer ni el Credo.

Los que han vivido en Caracas sobre todo desde el año de 46 en que se descubrió este entretenimiento público, no más saben lo sabroso que es una noticia.

La noticia para que sea buena ha de ser contaría al gobierno: si es ministerial y se publica por bando, no tiene ningún interés.

La noticia es como el amor: necesita misterio para que tenga miel. El sigilo con que se propaga el peligro que hay en que se diafanice, es lo que constituye el placer; cuando le dicen a uno: “Esto es muy reservado; ni su mujer debe saberlo”, (porque estas noticias nunca se confían a los solteros), entonces se chupa uno los dedos: ya se cree depositario de la suerte de un pueblo y ve la honra, la familia y la propiedad, como dicen los que mandan, pendientes de su discreción. Lo primero que hace el que tiene un notición entre pecho y espalda, es salir buscando con quien desahogarse; le parece que revienta si no lo comunica a todo el que encuentra, eso sí, bajo reserva.

El noticioso tiene por su naturaleza que ser comunicativo: ¿Qué placer hay en que nadie sepa un suceso que puede acabar con el gobierno, en una semana, quizá en un día, en un minuto, como si fuese un ataque apopléjico?

Por otra parte ¿ha oído el lector una voz más simpática que aquella que nos dice cerca de la oreja: -“Se acabó esto.” -“Esto no dura ocho días.” -“La opinión es irresistible.”? ¡Oh! esas son palabras mágicas, de todas las épocas, que hacen siempre palpitar el corazón.

Pero veamos cuál es el suceso tan trascendental que va a cambiar la faz de la política, que va a mejorar la administración; pues ya se sabe que el gobierno venidero es mejor que el presente y que a fuerza de cambios es que hemos llegado a la perfección en que estamos, que sólo comparada con el futuro puede dejar de apetecer.

-¿Qué es lo que ocurre? –preguntamos temblando.

- “No lo repita V.: se ha pronunciado Paracotos.”

-Misericordia!

-“Han levantado un acta tremenda…”

-Santa Tecla!

-“Se han apoderado del armamento que había en la plaza…”

-¡Uff! con mil demonios!

-“¡Los pueblos vecinos están todos conmovidos!”

-¡Toma! ¡Nos llevó la trampa! -exclamo uno y sale por las calles teniendo lástima de todo el que no tiene la dicha de saber que un pueblo importante por su posición militar y su significación política ha desconocido la autoridad suprema.

En la primera esquina tropieza V. con un amigo y le refiere bajo reserva que se pronunció San Antonio y que Paracotos está conmovido.

Otro le cuenta que en Paracotos han asesinado al cura, que está preso el maestro de escuela y que la autoridad militar está en colisión con la civil.

Más allá le afirman que hay una carta de Don Mamerto a su compadre Tomás, que hace llorar con la relación del desastre.

En fin, Paracotos sale de la oscuridad y por todo un día ocupa la atención pública, menos la de la autoridad, que no se ocupa de eso ni de otra cosa por lo regular.

Los facciosos urbanos tienen cara de pascua, y los que tienen ganados por aquellos contornos están recibiendo pésame, pues ya se sabe que quien dice: “Viva la libertad” dice: “Muera el ganado”!; pero en cambio el gobierno lo cuida mucho y una que otras vez deja de comérselo, es decir, la vez que no lo encuentra; eso sí, lo paga con la misma regularidad que el presupuesto. Los hacendados dicen: “se perdió la cosecha”; en fin se arruinó Paracotos, pero se salvará el país. Paracotos es la esperanza del patriotismo, allí se fabricará el templo de la democracia! Se acuesta V. lleno de esperanzas.

Al amanecer sale V. a saber hasta dónde se ha propagado la chispa de Paracotos, y lo primero que encuentra es a Don mamerto, el de la carta, que viene entrando en su mula.

-Don mamerto, ¿viene V. de raspas?

-De Paracotos. (Don Mamerto es medio sordo.)

-¿Y cómo escapó de la contienda?

-Sí, señor, a buscar surtido para la tienda.

- ¿Y qué ha ocurrido por allá?

-Mucha lluvia.

-Lluvia de fuego, ¡eh! ¿Han peleado mucho?

-Ni lo permita Dios: todo está tranquilo.

-Sí dicen que por allá ha habido la de San Quintín: que han matado al cura.

-Sí Paracotos no tiene cura: está como la República.

-Y que está preso el maestro de escuela.

-No, señor, sí hace ocho días que está en un desafío de gallos por San Antonio.

-Pues dicen que se han llevado el armamento de la plaza.

-Si no hay armamento, ni plaza.

-Y que hay colisión entre el juez y el comandante.

-Nada de eso: no hay colisión, ni juez ni se necesita.

-Pero si V. lo ha escrito a su compadre.

-No, señor, sí yo no le trato.

-¿Esto y que está revuelto?

-Sí, señor, más o menos como Paracotos. ¡Adiós, amigo!

Pues, señor, nos hemos lucido; ¡se acabó la esperanza de la patria!

Paracotos vuelve a hundirse en la oscuridad, y ya el gobierno no puede caer porque Paracotos lo sostiene. ¡Adiós patria! ¡Adiós mi empleo!

Sale V. a decir que es falsa la noticia y nadie se lo cree. –El informe de Don Mamerto no es verídico, ese es un tunante, está vendido al gobierno; hay ratificación, ¡no lo dude V.!

Como esta noticia ruedan mil por las calles y todas se desenlazan más o menos como ella. Cuántas veces sabe uno de muy buena tinta, que el invencible coronel Torres derrotó y mató al general Agüero, en los Teques, y al día siguiente se aparece el muerto trayendo prisionero al invencible.

Publica el gobierno por bando la destrucción de perturbadores de la tranquilidad pública (como si aquí hubiera tranquilidad que perturbar) y nadie se lo cree, todo el mundo dice: “al revés tengo las botas”. En prueba de la imprudencia gubernativa vemos, a los pocos días, presos a los perturbadores del desorden normal de tal o cual parte.

Así es el espíritu revolucionario: inclinado a lo favorable hasta la necedad y resistido con lo adverso hasta el ateísmo.

Una noticia es para el conspirador lo que una copa de aguardiente para el beodo: la ve, la revuelve, indaga la procedencia, le toma el olor y por fin se lo traga y se le mete en la cabeza y no se lo saca más que el tiempo.

Las noticias son el lazo de unión de los facciosos: a la voz noticia se juntan todos como la sardina alrededor de la carnada. Al acabarse las noticias se acaban la reuniones: no hay para qué juntarse, por eso los revolucionarios viejos, que son hoy todos los mayores de 50 años, inventan diez noticias al día, y –cosa extraña- el inventor de una noticia la recibe el día siguiente tan desfigurada y tan comprobada que le parece otra y acaba por creerla.

Yo no sé cómo se podrá vivir en un país donde no haya noticias, donde el gobierno no fluctué una vez por semana: allí se morirían de fastidio ciertos hombres que en nuestra sociedad no tiene otro oficio que pedir y dar noticias. Individuos conozco yo, que el día que no saben algo nuevo, exclaman: “Hoy he perdido el día!”

Yo mismo, que hago otra cosa y que miro las noticias como un entretenimiento secundario, confieso que les tengo grande afición y que cuando no se algunas nuevas, las busco “aunque hayan de ser como antes, mentira."

Fin

👀¿Qué deben hacer?

  • Conformar equipos de 6.  Entregar para adjudicar artículo base
  • Adaptar el texto, para su representación. 
  • Ensayar con compañeros y pensar en elementos accesorios.
  • Presentación: Martes 21/11 y Miércoles 22/11 (última oportunidad)

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