4° y 5° La Ilíada (Muestra literaria)
A continuación se te presentan fragmentos seleccionados de este reconocido poema épico, con el fin de acercarte a su historia y permitirte reconocer algunas características propias de la épica griega.
Y Aquiles, el de los
pies ligeros, dirigiéndole una mirada sombría, le dijo así (a Agamenón):
-¡Ah imprudente y codicioso! ¿Cómo quieres que ningún aqueo esté dispuesto a obedecer gustoso tus órdenes…? A fin de cuentas, no he venido yo a pelear aquí obligado por los belicosos troyanos, que ningún agravio me infirieron… Te seguimos, a ti insolente, por complacerte y obtener a costa de los troyanos un rico botín para vosotros, Menelao y tú, cara de perro. Pero esto no quieres verlo ni lo agradeces, y además, me amenazas con quitarme el botín de honor… La parte más pesada de la imperiosa guerra la sostienen mis brazos…
No quiero permanecer ya más aquí...
Contestó el Rey
Agamenón:
…- No seré yo quien te ruegue que te quedes por complacerme; otros hay dispuestos a honrarme… Eres para mí el más codicioso de los reyes vástagos del Crónida, siempre te ha gustado la riña, la guerra y la pelea. No obstante, si eres fuerte, sólo a los Dioses se lo debes… No me preocupas, ni me importa tu rencor. Oye, sin embargo, mi amenaza: ya que Febo Apolo me quita a Criseida... yo mismo en persona iré a tu tienda y me llevaré a la hermosa Briseida, la de hermosas mejillas, tu recompensa, para que sepas que soy más fuerte que tú y para que en adelante ninguno se atreva a hablarme como a un semejante ni a igualarse conmigo en mi presencia.
Dentro de viril pecho su corazón titubeaba entre dos decisiones: o, edesnudar la aguda espada que llevaba consigo junto al muslo, abrirse paso y matar al Átrida, o calmar su cólera y reprimir su furor... cuando sacaba ya de la vaina la gran espada, llegó Atenea... porque Hera, la Diosa de los níveos brazos... la había enviado. Situóse detrás del pélida y colocando su mano sobre su rubia cabellera, se hizo visible solo para él...
Respondióle Atenea, la Diosa de los ojos garzos; obedéceme...
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El hijo de Peleo, no amainando en su ira, denostó nuevamente contra el Átrida con injuriosas voces:
-¡Tienes cara de perro y corazón de ciervo! Jamás te atreviste a tomar las armas con la gente del pueblo para combatir, ni a ponerte en emboscada con los más valientes aqueos... Es, sin duda, mucho mejor arrebatar los dones, en el vasto campamento de los aqueos, a quien te contradiga. Rey devorador de tu pueblo, por qué mandas a hombres abyectos... éste fuera tu último ultraje. Otra cosa voy a decirte y sobre ella prestaré un gran juramento: Si, por este cetro, que ya no producirá hojas ni ramos, pues dejó el tronco en la montaña; ni reverdecerá porque el bronce lo despojó de las hojas y de la corteza, y ahora lo empuñan los aqueos que administran justicia y guardan las leyes de Zeus (grade será para ti este juramento). Algún día los aquivos todos echarán de menos a Aquiles, y tú, aunque te aflijas, no podrás socorrerles cuando sucumban y perezcan en manos de Héctor, matador de hombres. Entonces desgarrarás tu corazón, pezaroso por no haber honrado al mejor de los aqueos.
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(Respondió Patroclo) -Si te abstienes de combatir… envíame a mí con los demás… Y permite que cubra mis hombros con tu armadura para que los troyanos me confundan contigo y cesen de pelear…
Así le suplicó el muy
insensato; y con ello llamaba a la terrible muerte y a la parca.
Cuando Héctor advirtió que el magnánimo Patroclo se alejaba y que lo había herido con el agudo bronce, fue en su seguimiento por entre las filas, y le envasó la lanza en la parte inferior del vientre, que el hierro pasó de parte a parte; y el héroe cayó con estrépito, causando gran aflicción al ejército aqueo. Como el león acosa en la lucha al indómito jabalí cuando ambos pelean arrogantes en la cima de un monte por un escaso manantial donde quieren beber, y el león vence con su fuerza al jabalí, que respira anhelante...
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¡Héctor! Cuando despojabas
el cadáver de Patroclo, sin duda te creíste salvado y no me temiste a mí porque
me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo como vengador, mucho más fuerte que él...
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…En las naves yace
Patroclo muerto, insepulto y no llorado; y no lo olvidaré, mientras me halle
entre los vivos y mis rodillas se muevan; y si en el Hades se olvida a los
muertos, aun allí me acordaré del compañero amado.
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…Lo ató al carro, de modo que la cabeza fuese arrastrando… Gran polvareda levantaba el cadáver mientras era arrastrado; la negra cabellera se esparcía por el suelo, y la cabeza, antes tan graciosa, se hundía toda en el polvo...Para reflexionar:
“La persona que no está en paz consigo misma, será una persona
en guerra con el mundo entero”. (Mahatma Gandhi, líder hinduista)


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